¡Ay, campaneras! #3 Asómate a la ventana

En esta situación de espanto en que vivimos -de espanto pausado para los que tenemos la suerte de podernos quedar en casa en unas condiciones relativamente cómodas, pero de espanto al fin y al cabo- los balcones y ventanas se han vuelto otra cosa. Asomarse ya no es solo asomarse: una busca más que aire cuando saca la cabeza y ni de coña se mira igual a la calle. Eso quienes podemos, claro: millones de personas no tienen ni una ventana a la que asomarse, aunque en la televisión reproduzcan una y otra vez imágenes de gente leyendo plácidamente en sus balcones de las zonas más o menos acomodadas de la ciudad en cuestión. El imaginario que se conserve de este confinamiento también será, como siempre, el de la clase media/alta, blanca, urbanita…nada nuevo bajo el sol, queridas.

Pero yo me he puesto a pensar en ventanas y en el par de vecinos jovencicos que han empezado a hablarse de una punta a otra de la calle, cada vez las risas más agudas. El ver que ya hay quien ha empezado a cambiar el Tinder por la reja me hizo darle un par de vueltas al papel que ventanas y balcones han tenido en la música de nuestras abuelas, al espeso entramado de valores culturales asociados a ellos en tanto que espacio fronterizos entre lo público y lo privado, entre lo social y lo doméstico…y en vez de asomarme a la ventana me fui a grabar este tercer episodio.

Publicado por Lidia García

Investigadora en la Universidad de Murcia.

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