Entrevista en La Ventana, de Cadena Ser

Gracias a Luz Sánchez Mellado que tuvo a bien invitarme, estuve hablando en La ventana de Cadena Ser, el programa de Carles Francino, de copla, feminismo y visibilidad LGTB. Fue un verdadero placer charlar sobre música, disidencia de género y esta locura que está siendo “¡Ay, campaneras!”. Aquí podéis escucharlo:

Lidia García: “La copla siempre ha estado muy vinculada a la disidencia de género”, La Ventana, Cadena SER, 30/06/2020

¡Ay, campaneras! #16 Malas lenguas

El decir de los demás, los rumores, el cotilleo…la vigilancia mutua, en definitiva, ha sido un efectivo mecanismo de control social sobre todo en lo que a la libertad sexual de las mujeres se refiere. Coplas y cantares nos han contado cómo las murmuraciones han atravesado las vidas de las que se han atrevido a salirse del redil.

¡Ay, campaneras! #15 Mi tango querido

No es extraño que el tango y la copla se hayan encontrado tantas veces porque tienen mucho en común: sus historias de amores desgraciados, su hondo calado popular, su uso como estandarte identitario nacional…Hoy nos ponemos, sin quitarnos la peineta, arrabaleras.

¡Ay, campaneras! #13 Al ladrón

Mangantes hay muchos y no todos son iguales: la cultura popular está plagada de buenos ladrones que reparten el botín con quienes más lo necesitan o desafían a un poder injusto. Su mitificación en coplas y zarzuelas da buena cuenta de hasta qué punto el pueblo ha estado siempre sediento de rebeldías.

Me tira de la sisa

En el último episodio de ¡Ay, campaneras! (12 Coser y cantar) hablaba de cómo los feminismos ha menudo han planteado resignificaciones de la vinculación de la costura a la opresión de la mujer y han cuestionado su consideración de “arte menor” como síntoma de un sistema que infravalora las labores “femeninas”. Así lo han reflejado, por ejemplo, algunas obras artísticas. Comenzaba hablando de eso y continuaba hablando -qué novedad- de mi madre. Luego me he quedé pensando que ese orden no tiene nada de casual porque así fue exactamente como pasó en mi cabecica.

Me explico.

Yo caí en la potencialidad feminista de labores como la costura gracias al feminismo académico. Sí. Reconocí antes esa fuerza, me da casi vergüenza admitirlo, en “La Cena” de Judy Chicago que en lo que le había visto hacer a mi madre y a mis vecinas toda la vida. Hasta que no lo vi refrendado en un libro, hasta que no me lo sirvieron en bandeja desde las instituciones prestigiadas -museos, libros, universidad- ni se me pasó por la cabeza.

Y como yo tantas otras. No digo que no lo intuyéramos de alguna manera pero nos criaron con tanto ahínco en el “ser más que ellas” (dicho ahora da escalofríos), en centrarnos en “aprender y estudiar” de la única manera en que se suponía que se podía aprender y estudiar… Nos lo repitieron tanto que parecía imposible que precisamente ellas, a quienes teníamos que superar, tuviesen algo que enseñarnos. Me gusta mucho cuando Mar Gallego habla de “Feminismo Andaluz y otras prendas que tú no veías”: ¿Cómo lo íbamos a ver si nos habían enseñao a mirar a todas partes menos a ellas?

Creo que también nos culpamos un poco por esto, yo al menos lo hago aunque sé que no debiera. No puedo evitar sentirme mal por no haber sido capaz de valorarlas sin que un discurso prestigioso y acreditado, externo y ajeno, me lo pusiera delante de los ojos. Aunque agradezco que lo hiciera, claro. Y soy consciente de que tal vez no dista tanto de lo que yo hago o intento hacer ahora: porque soy hija de la aguja y el bastidor, sí, pero también ahijada del formato APA. En mi lugar de enunciación, siempre a media labor, están hilvanados lo uno con lo otro. Y a veces me tira de la sisa, no te voy a mentir.

Entrevista en eldiario.es

Ha sido un gusto increíble charlar con la periodista Carmen López de eldiario.es sobre copla, rivalidades entre folclóricas y cómo es que me dio por ponerme a grabar un podcast desde mi casa que increíblemente me está trayendo todas estas cosas tan bonicas.

Podéis leer la entrevista completa aquí.

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¡Ay, campaneras! #12 Coser y cantar

La costura ha sido parte de la opresión de la mujer -de la paciente espera de Penélope a la Sección Femenina- pero también una manera de ganarse la vida y de generar espacios compartidos de conversaciones, cantos y lazos sororos.

En este episodio hacemos un repaso a cómo nos lo han contado cuplés, zarzuelas y coplas. Coge aguja, hilo y bastidor porque hoy vamos a hablar del noble arte de la costura.

¡Ay, campaneras! #11 El mito de Carmen

A poquito que te pones a rascar en la cuestión, el mito de Carmen ejerce casi tanta atracción como la que la propia cigarrera ejercía sobre los (pobrecitos) hombres.

Es un influjo tan tan poderoso no solo por lo sugerente del mismo sino por la encrucijada de problemáticas en la que se ubica: mirada colonial, sexualidad femenina como amenaza, estereotipación de la cultura gitana, silenciamiento del papel de las cigarreras en la lucha obrera…los hilos de los que tirar en el mantón de Carmen son infinitos, queridas. Pero a ello vamos:

García García

Cuando tengo que elegir un nombre de usuario o algo por el estilo siempre es lo mismo: lo absolutamente común de mis apellidos, García García, hace que las primeras opciones casi siempre estén cogidas. Siempre hay que añadir números o letras, a veces retorcer el orden de las palabras… El email que me asignó la universidad donde trabajo da buena cuenta de ello: lidia.garciag1@um.es. Puntos, números, letras sueltas: casi nunca puedo ser mi nombre a secas.

El otro día oía en el podcast Pobres ratas a kallistixx, christocasas y cristinabarrial comentar lo mucho que fliparon al conocer por primera vez a gente acomodada, a gente que, preguntada por quién era su padre, respondía solamente un nombre y un apellido. Y ya está. Sin más explicación entendían que debía poderse ubicar a la persona y la familia en cuestión. Abogados, médicos, arquitectos, empresarios…el alegre soniquete de los apellidos compuestos, la desenvoltura de pensar que un nombre te ubica por sí solo frente a los demás me resulta tan ajena como a ellos.

Cuando era pequeña soñaba con ser escritora (angelico) y sin saber por qué siempre daba por sentado que mis apellidos iban a ser de alguna manera un problema para llegar a serlo. Pensaba que tendría que buscar alternativas más sonoras, menos comunes; mi nombre simplemente no sonaba a escritora. Luego me di cuenta de que el problema no eran los apellidos en sí, al menos no literalmente, sino que el mundo cultural (el mundo en general) está hecho a la medida de quienes dicen quiénes son sus padres con sólo mencionar un nombre y un apellido. Tan desencaminada no iba, vaya.

Hoy adoro mis dos apellidos: porque son los de mis padres y porque en cierto modo sí me ubican en el mundo sin dar lugar a dudas. El tener que dar más detalles también quiere decir que somos algo más que un nombre y un apellido; aunque ellos tengan el mundo hecho a su medida también tiene que dar algo de angustia ser solo eso, digo yo.