¡Ay, campaneras! #5 Portugal, meu amor

Cuando era (más) mocita me fui de Erasmus a Portugal: estudié un curso en Coímbra y, como le pasa a cualquiera en similar arena, to lo que se diga es poco. Servidora cuando se bebe un par de vinos -lo mismo da de Jumilla que de vinho verde– es dada a arrancarse con alguna copla y creo que en ningún sitio lo he disfrutao tanto como en aquellos bares de la Baixa en los que yo les cantaba una seguramente espantosa pero muy sentía Zarzamora y ellos me respondían un Estranha Forma de Vida.

Batallitas mías aparte, la copla y el fado muchas veces han cruzado sus caminos y casi se diría que han nacido para encontrarse. Este episodio es -conste que no me arrepiento ni un poco de la cursilería que voy a soltar- mi carta de amor a Portugal.

¡Ay, campaneras! #4 Viva el vino

No es solo que me encante el vino -que me gusta y no poco- sino que tengo con él un vínculo irrompible: el vino ha sido desde siempre el sustento de mi familia. Trabajar las viñas, podar, ensarmentar, rezar pa que no granice cuando no debe… son las fatigas que les conozco a mis padres desde que nací. Lo he hablado con muchos hijos de agricultores y casi todos coincidimos en conservar ese respingo en el espinazo cuando graniza: aunque ya no estés en el pueblo, aunque tú no te dediques al campo y tus padres, como es mi caso, ya estén jubilados… el respingo se queda como un acto reflejo, como una reacción del cuerpo, que tiene a veces más memoria que nosotros y no olvida las caras largas de los mayores al mirar al nubarrón sintiendo peligrar el trabajo de todo el año.

Pero el vino da también muchas alegrías: a quien lo hace y a quien lo bebe. Un repaso a esas alegrías, por otra parte no carentes de nublaos, damos en este cuarto programa del podcast ¡Ay, campaneras! Sírvete una copita y relájate porque no hay mejor maridaje que el que forman vino y copla.

¡Ay, campaneras! #3 Asómate a la ventana

En esta situación de espanto en que vivimos -de espanto pausado para los que tenemos la suerte de podernos quedar en casa en unas condiciones relativamente cómodas, pero de espanto al fin y al cabo- los balcones y ventanas se han vuelto otra cosa. Asomarse ya no es solo asomarse: una busca más que aire cuando saca la cabeza y ni de coña se mira igual a la calle. Eso quienes podemos, claro: millones de personas no tienen ni una ventana a la que asomarse, aunque en la televisión reproduzcan una y otra vez imágenes de gente leyendo plácidamente en sus balcones de las zonas más o menos acomodadas de la ciudad en cuestión. El imaginario que se conserve de este confinamiento también será, como siempre, el de la clase media/alta, blanca, urbanita…nada nuevo bajo el sol, queridas.

Pero yo me he puesto a pensar en ventanas y en el par de vecinos jovencicos que han empezado a hablarse de una punta a otra de la calle, cada vez las risas más agudas. El ver que ya hay quien ha empezado a cambiar el Tinder por la reja me hizo darle un par de vueltas al papel que ventanas y balcones han tenido en la música de nuestras abuelas, al espeso entramado de valores culturales asociados a ellos en tanto que espacio fronterizos entre lo público y lo privado, entre lo social y lo doméstico…y en vez de asomarme a la ventana me fui a grabar este tercer episodio.

¡Ay, campaneras! #2 Folclórica contra folclórica

Hay gente que hace las cosas por el mero placer de hacerlas, que no se preocupa (o al menos eso dice) por cómo caiga lo que hace en el mundo. Desafortunadamente no soy una de esas personas. No me duelen prendas en reconocer que estoy pendiente de la cosa esta del feedback porque, entre vosotras y yo, para hacer algo pa mi sola os aseguro que no me esfuerzo tanto. Todo esto es para decir que el motivo principal por el que hubo un segundo episodio es porque os gustó -y así me lo hicisteis saber- el primero.

El deseo entre mujeres está en la copla como está en el mundo: por todas parte pero amagaíco. El sáfico es un deseo susurrante que se ha tenido que acomodar a los huecos de la intimidad, del (con suerte) espacio privado, del “en su casa que hagan lo que quieran”. Ser bollera es una cosa pero pregonarlo es otra. Y quien dice pregonarlo dice cantarlo. Aún así la copla siempre ha estado plagada de ese deseo al que había por fuerza que buscarle metáforas. Precisamente en lo tortuoso de las historias de la copla, en esos amoríos aunque heterosexuales muchas veces clandestinos, las mujeres lesbianas y bisexuales encontraron/encontramos un poderoso espacio de identificación.

¡Ay, campaneras! #1 Coplas para seguir adelante

Grabé este primer episodio del podcast sin tener ni idea de si sería a la vez el primero y el último, todavía con el susto inicial del confinamiento en el cuerpo. Puntualizo lo de inicial porque el susto de esto que nos está tocando pasar -bien lo sabéis, queridas- se va renovando de tanto en tanto, va tomando nuevas formas y atacándote por puntos flacos que no sabías ni que tenías. Pero justamente lo que necesitaba yo era no pensar en eso por un rato. Y para no pensar, para tirar palante, hice lo que siempre he hecho en mi vida: escuchar copla.

Y es que no es casualidad que fueran precisamente las personas más atravesás de opresiones las que más vivamente se identificaron con la copla: mujeres, clases populares, maricones, travestis…las voces de la copla nos cantan -casi se diría que nos gritan- con el desgarro de quienes no tienen más alternativa que la de tirar palante. Y como tirar palante sola siempre es más amargo pues decidí compartir mi alivio de penas con vosotras.